Había olvidado como se
sentía el inmenso vacío de la soledad,
había olvidado lo que era estar entre
dos mundos, el de los vivos y el de los que estamos ausentes.
Podemos divagar entre la
nada y el todo, ausentes sin ver y parecer que observamos,
prestando oídos a
todo y solo estar concentrados en el silencio que nos murmura muy cercas en el
oído el silencio del vació que nos acompaña.
Divina fragilidad que nos
hace humanos y tan dolientes de un alma que no logramos entender ni comprender.
Días eternos que nos hacen
lenta la agonía en el transcurso de esta vida que llamamos existir.
Paso lento y movimientos suaves,
así transcurren los días, mis días en esta ausencia de mi sentir.
Impotencia dolorida que
me cubres, que me acompañas en cada segundo que el reloj marca, en cada respiro
que doy, en cada soñar con mis ojos fijos directo a la nada.
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