Una vez, tía Olga me contó una historia. Era una especie de leyenda local.
Una pareja de alpinistas se perdió en las montañas de Gschwind. Eran jóvenes, acababan de casarse y querían pasar su luna de miel escalando el Gran Staad, el monte más alto y peligroso de la cordillera. Estaban llegando a la cima cuando les sorprendió una tormenta.
El muchacho cayó por un ventisquero y desapareció en el abismo.
La joven esposa volvió al albergue, y allí le dijeron que jamás recuperaría el cadáver de su hombre. Verano tras verano, cuando se acercaba el aniversario fatal, la mujer regresaba al Gran Staad para arrojar un ramo de rosas al abismo.
Envejeció. Cada año, la ascención se le hacía más y más dificíl, hasta que dejó de ir.
Un día sonó el teléfono en el asilo.
Era un funcionario de la alcaldía de Gschwind. Unos espeleólogos habían encontrado el cuerpo de su esposo en una sima, aprisionado en un enorme bloque de hielo.
Llevaron la mujer hasta la cueva, abierta en la falda del Staad. La mujer alargó una mano, frágil como una rama seca, y acarició el hielo.
Detrás del hielo, su hombre seguía intacto, eternamente detenido en la edad que tenía cuando los dos se perdieron en la tormenta. Intacto y con los ojos abiertos......
Libro: Detrás del hielo. de: Marcos Ordóñez
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